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Lo que aprendí después de abrir un hotel en Oaxaca (...en realidad abrí tres)

  • Foto del escritor: Maria Crespo
    Maria Crespo
  • hace 4 horas
  • 3 Min. de lectura

Abrir un hotel suena romántico. Y sí… lo es.

Pero también es mucho más de lo que imaginaba.

Cuando decidí empezar este proyecto, pensaba en habitaciones bonitas, huéspedes felices, desayunos tranquilos y conversaciones interesantes. Y aunque todo eso existe, hay muchas cosas que nadie te cuenta… y que terminan siendo las más valiosas.

Hoy quiero compartir lo que realmente aprendí en el proceso.



Aprendí que los detalles lo son todo

No es la cama. No es la ubicación.

Es que los colores de las paredes te abracen. Es la maceta en una esquina que te hace sonreir. Es

cómo entra la luz en la mañana. Es el silencio en ciertos momentos del día. Es una sonrisa al recibir a alguien después de un viaje largo.

Entendí que la experiencia no está en lo grande, sino en lo invisible.

Aprendí que cada huésped llega con una historia

Hay quienes vienen a celebrar. Otros a descansar. Algunos a escapar.

Y sin darte cuenta, tu espacio se convierte en parte de ese momento importante en sus vidas.

Eso cambia completamente la forma en la que ves lo que haces.

Ya no es solo “hospitalidad”.Es responsabilidad emocional.

Aprendí que mi sensibilidad también es una herramienta

Yo nací con una peculiaridad, soy una persona PAS — una persona altamente sensible.

Eso significa que me abruman más fácilmente ciertas cosas: el ruido, los olores o sabores fuertes, la toma de desiciones, el estrés constante, tener muchas cosas que hacer al mismo tiempo.

Durante mucho tiempo pensé que eso era una debilidad.

Pero abrir este hotel me hizo entender algo diferente.

Esa misma sensibilidad también me permite notar cosas que otros tal vez no ven.

Puedo sentir cuándo alguien necesita tranquilidad. Cuándo alguien quiere conversar. Cuándo alguien necesita sentirse cuidado sin tener que pedirlo.

Creo que gran parte de la experiencia que intentamos crear aquí nace justamente de eso.

De prestar atención. De observar pequeños detalles. De entender emociones sin que tengan que explicarse. Así, mi sensibilidad me ha ayudado a saber exactamente como diseñar y a preparar los espacios, para que estos espacios hagan sentir al huésped apreciado, apapachado, bienvenido.

Y aunque ser una persona PAS puede hacer que todo se sienta más intenso…también puede convertirse en un regalo cuando lo transformas en empatía.

Aprendí a soltar el control

Como parte de mi personalidad PAS, suelo querer que todo sea perfecto. Siempre.

Pero un hotel está vivo: algo se rompe, algo se retrasa, algo cambia.

Y entendí que lo importante no es que todo salga perfecto…sino cómo reaccionas cuando no lo hace.

Aprendí que lo pequeño puede ser muy poderoso

Tener pocas habitaciones no es una limitación. Es un privilegio.

Te permite conocer, observar, cuidar.

Crear algo íntimo, tranquilo, especial.

Y en un mundo que va tan rápido, eso se vuelve un lujo.

Aprendí que Oaxaca tiene su propio ritmo

Aquí nada corre.

Y al principio eso desespera…hasta que entiendes que ese es justo el punto.

Oaxaca no se visita. Se vive.

Y cuando te sincronizas con ese ritmo, todo cambia.

Aprendí más de mí de lo que esperaba

Este proyecto no solo construyó un espacio…también me transformó a mí.

Me enseñó paciencia. Me enseñó a confiar. Me enseñó a estar presente. Me enseñó a aprender de otros y a me enseñó a poner límites.

Y sobre todo, me enseñó que lo que realmente importa no siempre se puede medir.

Al final…

Un hotel no son paredes. Ni muebles. Ni reservas.

Son momentos.

Y si haces bien las cosas, esos momentos se quedan con las personas…mucho después de que se van.

Tal vez por eso este lugar está pensado más para sentirse que para simplemente hospedarse.

Y si estás pensando en venir a Oaxaca, ojalá encuentres ese momento aquí también.




Maria


 
 
 

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